Madrid, 15 de enero de 2009
Desde que trabajo como profesor en la universidad, hace más de seis años, se viene hablando con intensidad creciente de la Declaración de Bolonia, firmada cuatro años atrás, es decir, hace ya más de una década. Durante esos años, se han llevado a cabo todo tipo de medidas siguiendo sus indicaciones, tanto en la universidad donde trabajo como en la mayoría de las demás universidades españolas y en los organismos públicos que las regulan y evalúan. Diez años después es cuando el tema salta a los titulares con un tono amargo de injusticia y rebelión por parte de los que se consideran a sí mismos los máximos agraviados: los estudiantes. En manifestaciones y encierros, se grita “¡No a Bolonia!” porque éste, según sus consignas y declaraciones, supone un plan de privatización de la universidad pública, la desaparición de algunas carreras por culpa de la mercantilización de la universidad y la limitación en el acceso de los más desfavorecidos económicamente a los estudios universitarios.
Mucho me temo que no hace falta un proceso de reforma tan laborioso para apuntalar lo que ya viene ocurriendo de manera espontánea: si la universidad pública está adquiriendo rasgos preocupantes de la lógica mercantil no es precisamente porque haya un plan regulador que inocule directamente los principios neoliberales en sus opacas estructuras, sino más bien porque desde hace muchos más años dicha lógica ha ido permeando su escenario a base de crecientes dosis de productivismo y competitividad, complicidad con las empresas a la hora de asignar prácticas abusivas para los estudiantes, recursos decrecientes, aulas excesivamente concurridas, etc.
En todo caso, lo que parece más peligroso para la estabilidad de la universidad pública no es el propio Plan de Bolonia, sino su incumplimiento o su aplicación defectuosa. Los que trabajamos en la universidad pública hemos sido testigos de aplicaciones aceleradas o precipitadas, de casas que se han empezado por el tejado, pero no podemos decir que el plan sea por sí mismo una apuesta para desmantelar la universidad pública. El Plan no presenta sino un proceso de armonización de los estudios universitarios de la Unión Europea con el fin de facilitar la convergencia del llamado Espacio Europeo de Educación Superior, lo que implica una remodelación de los planes de estudio de todos los países firmantes para su homologación automática y una estructura común de grados y postgrados. La Declaración establece como principio básico el protagonismo del alumnado, lo que implica una profunda transformación de los métodos de enseñanza hacia el estímulo de la participación y la autonomía de los alumnos, la evaluación continua de su aprendizaje y el seguimiento estrecho de su vida académica a través de tutorías integrales. Son pautas aplicadas por muchos docentes antes de que Bolonia tuviera una declaración, y que, lejos de suponer recortes, precisamente requieren que la universidad pública cuente con más recursos de los que tiene. Otros aspectos secundarios, como la incorporación de las llamadas becas-préstamo (dinero que los beneficiarios deberán devolver cuando consigan el sueldo medio, aunque si en 15 años no tuvieran un trabajo bien remunerado, quedarían exentos de devolverlo), alimentan exageradamente los temores de que la universidad pública acabe fagocitada por el mercado.
Este es un asunto claro de desinformación en el que las autoridades competentes no se han esforzado por comunicar la naturaleza de un cambio tan grande y tan profundo a un público especialmente efervescente (aunque con efectos retardados). Los estudiantes no han encontrado alternativas a la manipulación que hoy se aprovecha de su comprensible ignorancia y se convierten en transmisores acríticos de mensajes de protesta difusos, confusos, contradictorios o vacíos. Sin embargo, son muchos los aspectos que deben considerarse con atención, vigilancia e incluso protesta para que Bolonia se aplique con criterios verdaderamente públicos, democráticos y solidarios y que no acabe siendo un plan de coste cero o en el que todo cambie para que todo siga igual.