Saber lo que vale un café os hará libres
29 de Marzo de 2007
Antonio Peiró (miembro de la Junta Ejecutiva del SPM)
Como millones de ciudadanos, la noche del martes me puse delante de la televisión pública para observar formato y escuchar contenidos. Dos horas después, me pareció formalmente rígido y aparatoso (ni de broma podrían haber preguntado los "100 ciudadanos" ni habría aportado mucho que lo hicieran) porque no hubo diálogo entre la ciudadanía y el Presidente del Gobierno sino un lote de preguntas y un lote de respuestas. En cuanto a los contenidos, muchos eran conocidos para personas mínimamente informadas, aunque no dejó de sorprenderme que en el "caso De Juana", con la que ha caído, hubiese un seleccionado que lo vinculase con el autor de 25 asesinatos. Pensé que no somos, en realidad, una sociedad tan informada. El temario transcurrió por cuestiones previsibles y mayoritarias: vivienda, empleos precarios, violencia machista, poder adquisitivo (sonreí con la cosa del precio del café), inmigración, etc. Después del descanso hubo sitio, a pesar de las prisas que recorrieron toda la emisión, para problemas más puntuales como la remolacha o el abandono de los pueblos. Ciertamente se dieron muchas cifras y porcentajes pero no lo escuché como un discurso de tecnócrata que se esconde detrás de las estadísticas sino como un intento del Presidente de demostrar que sus afirmaciones no eran una cuestión de fe.
Al final, saqué la conclusión de que había sido un programa bastante informativo que aportó datos sustanciales para muchos sectores sociales, que el Presidente podría haber estado más suelto y haber entrado más a la literalidad de las preguntas y que la espectacularidad de la fórmula había impedido familiaridad y una charla más directa y provechosa. También pensé que Mariano Rajoy habría aprendido algunos detalles de puesta en escena para cuando le toque turno.
A la mañana siguiente fui de sorpresa (desagradable) en sorpresa (desagradable) al escuchar, ver y leer que el precio de un café se había convertido en el gran titular de periódicos y medios audiovisuales. Es más, hasta el diario considerado más serio lo llevaba en portada a cuatro columnas. Todavía más, el nuevo Presidente de la nueva Corporación RTVE mostraba un mimetismo preocupante con el entorno para ser el director del nuevo servicio público de comunicación estatal: compartía estupor con un diputado que preguntaba por la ausencia de la cosa del café en los informativos matutinos de RNE.
Ya por la tarde, me conformé. Comprendí que todo el mundo no podía estar equivocado y que en realidad el problema era mío por considerar que lo importante es primero y lo curioso, secundario; por ser tan serio que no conseguía disfrutar del sentido humorístico común; por no comprender el poder de la democracia directa de bares, tertulias y grandes hermanos; por haber aprendido de teóricos y profesionales, sin duda periclitados, que la información era, ante todo, rigor y responsabilidad social; por llevar 32 años ejerciendo un periodismo equivocado, inservible y alejado de la ciudadanía… porque yo tampoco sabía, hasta anoche, cuanto costaba un café.